Psicologia del amor

Written by Admin on June 13th, 2008

Sobre un tipo particular de eleccion de objeto en el Hombre

Elección masculina de objeto:

- La primera de estas condiciones de amor debe caracterizarse directamente como especifica; esta autorizado a pesquisar la presencia de los otros caracteres que integran el tipo. Puede llamársela la condición del “tercer perjudicado”; es que la persona en cuestión nunca elige como objeto amoroso a una mujer que permanezca libre, vale decir a una señorita o a una señora que encuentre sola, sino siempre a una sobre quien otro hombre pueda pretender derechos de propiedad en su condición de marido, prometido o amigo. En muchos casos, esta condición demuestra ser tan implacable que una misma mujer pudo ser primero ignorada o aun desairada cuando no pertenecía a nadie, convirtiéndose de pronto en objeto de enamoramiento al entrar en una de las mencionadas relaciones del hombre.

- La segunda condición dice que la mujer casta e insospechable nunca ejerce el atractivo que puede elevarla a objeto de amor, sino sólo aquella cuya conducta sexual de algún modo merezca mala fama y cuya fidelidad y carácter intachable se puede dudar. Podemos designar esta condición como la del ” amor por mujeres fáciles.”

La liviandad de la mujer, se relaciona con el quehacer de los celos, que parecen constituir una necesidad para el amante de este tipo. Sólo cuando puede albergarlos logra la pasión su cima, adquiere la mujer su valor pleno, y nunca omitirá apoderarse de una ocasión que le consienta vivenciar estas intensísimas sensaciones.

- En la vida amorosa normal, el valor de la mujer es regido por su integridad sexual, y el rasgo de la liviandad lo rebaja. Cultivan los vínculos de amor con estas mujeres empeñándose en el máximo gasto psíquico, hasta consumir todo otro interés; son las únicas personas a quienes pueden amar, y en todos los casos exaltan la autoexigencia de la fidelidad. En estos rasgos de los vínculos amorosos descritos se acusa con extrema nitidez el carácter obsesivo que en cierto grado es propio de todo enamoramiento.

Ante al contrario; en la vida de quienes responden a este tipo se repiten varias veces pasiones de esa clase con iguales peculiaridades.

- El hombre esta convencido de que ella lo necesita, de que sin él perdería todo apoyo moral y rápidamente se hundiría en un nivel lamentable. La rescata, pues, no abandonándola. En algunos casos el propósito de rescate puede invocar, para justificarse, la dudosa escrupulosidad sexual de la amada o su posición social amenazada; pero no resalta con menor nitidez cuando están ausentes tales apuntalamientos en la realidad.

Esta elección de objeto de curioso imperio y esa rara conducta tienen el mismo origen psíquico que en la vida amorosa de las personas normales; brotan de la fijación infantil de la ternura a la madre y constituyen uno de los desenlaces de esa fijación. En la vida amorosa normal quedan pendientes sólo unos pocos rasgos que dejan traslucir de manera inequívoca el arquetipo materno de la elección de objeto. En cambio en nuestro tipo ella se ha demorado tanto tiempo junto a la madre, aun después de sobrevenida la pubertad, que los objetos de amor elegidos después llevan el sello de los caracteres maternos y todos devienen unos subrogados de la madre fácilmente reconocible.

Además, si en nuestro tipo todos los objetos de amor están destinados a ser principalmente unos subrogados de la madre, se vuelve comprensible la formación de series, que parece contradecir de manera tan directa la condición de la fidelidad. En efecto, el psicoanálisis nos enseña que lo insustituible eficaz dentro de lo inconciente a menudo se anuncia mediante el relevo sucesivo en una serie interminable, y tal, justamente, porque en cada subrogado se echa de menos la satisfacción ansiada.

En cambio, la segunda condición de amor, la liviandad del objeto elegido, parece contrariar enérgicamente una derivación del complejo materno. Pero justamente ese nexo de las más tajante oposición entre la madre y la mujer fácil nos incitara a explorar la historia de desarrollo y el nexo inconsciente de esos dos complejos.

La indagación nos reconduce a la época de la vida en que el varoncito tuvo por primera vez una noticia mas completa de las relaciones sexuales entre sus padres más o menos en los años de la pubertad.

Ahora bien, tras inteligir esta pieza del desarrollo anímico ya no podemos hallar contradictorio e inconcebible que la condición de la liviandad de la amada se derive directamente del complejo materno. El tipo de vida amorosa masculina que hemos descrito lleva en si las huellas de esta historia de desarrollo y puede comprenderse como una fijación a las fantasías de pubertad del muchacho, fantasías que m+as tarde han hallado empezó una salida hacia la realidad de la vida.

La amada se pone en peligro por su inclinación a la indecencia y la infidelidad; es comprensible entonces que el amante se empeñe en preservarla de ese peligro cuidando de su virtud y contrariando sus malas inclinaciones. Al enterarse el niño de que debe la vida a sus padres, de que la madre le ha regalado la vida, en él se aúnan mociones tiernas con las de una manía de grandeza en pugna por la autonomía, par generar el deseo de devolver ese regalo a los padres, compensárselo por uno de igual valor.. Esta aplicación de esta fantasía de rescate al padre prevalece con mucho el sentido desafiante, en tanto que casi siempre dirigir a la madre su intencionalidad tierna. La madre ha regalado la vida a su hijo, y no es fácil sustituir por algo de igual valor este singular regalo.

Este solo deseo, el de ser su propio padre, satisface toda una serie de pulsiones; tiernas, de agradecimiento, concupiscentes, desafiantes, de autonomía.

Puede significar tanto hacer un hijo = procurarle el nacimiento ( para el hombre) como parir un hijo (para la mujer).

Sobre la mas generalizada degradacion de la vida amorosa

- Si quien el psicoanálisis se pregunta cual es la afección por la que se le solicita asistencia mas a menudo, deberá responder que, prescindiendo de la angustia en sus múltiples formas, es la impotencia psíquica. El propio enfermo obtiene una primera orientación para entender su estado al hacer la experiencia de que esa denegación solo surge cuando lo ensaya con ciertas personas, mientras que nunca le sucede con otras.

Si ha vivenciado repetidamente esa denegación juzgará, siguiendo un consabido enlace falaz, que fue el recuerdo de la primer vez, perturbador como representación angustiante, el que provoco las repeticiones; y en cuanto a esa primera vez, la reconducirá a una impresión casual.

Proviene de la primera infancia, se ha formando sobre la base de los intereses de la pulsión de autoconservación y se dirige a las personas que integran la familia y a las que tienen a sus cargo la crianza del niño.

Por otro lado cuando aman no anhelan, y cuando anhelan no pueden amar. Buscan objetos a los que no necesitan amar, a fin de mantener alejada su sensualidad de los objetos amados; y luego, si un rasgo a menudo nimio del objeto elegido para evitar el incesto recuerda al objeto que debía evitarse, sobreviene, de acuerdo con las leyes de la sensibilidad de complejo y del retorno de lo reprimido, esa extraña denegación que es la impotencia psíquica.

- En hombre de clases sociales elevadas eligen a una mujer de inferior extracción como amante duradera, o aun como esposa, no sea más que la consecuencia de aquella necesidad de un objeto sexual degradado, con el cual psicológicamente se enlaza la posibilidad de la satisfacción plena.

En nuestro mundo cultural, las mujeres se encuentran bajo un parecido efecto posterior de su educación y, además, bajo el efecto de contragolpe de la conducta de los hombres. Desde luego, para ellas es tan desfavorable que el varón no las aborde con toda su potencia como que a la inicial sobrestimación del enamoramiento suceda, tras la posesión, el menosprecio. En la mujer se nota apenas una necesidad de degradar el objeto sexual; esto tiene que ver sin duda con el hecho de que, por regla general, no se produce en ella nada semejante a la sobrestimación sexual característica del varón. Ahora bien, la prolongada coartación de lo sexual y la reclusión de la sensualidad a la fantasía tiene par ella otra consecuencia de peso. A menudo le sucede, en efecto, no poder desatar m+as el enlace del quehacer sensual con la prohibición, y así se muestra psíquicamente imponente, es decir, frígida, cuando al fin se le permite ese quehacer. A ello se debe, en muchas mujeres, sea fan de mantener por un tiempo en secreto aun relaciones permitidas y, en otras , su capacidad para sentir normalmente tan pronto se restablece la condición de lo prohibido en un amorío secreto; infieles al marido, están en condiciones de guardar al amante una fidelidad de segundo orden.

La mujer de cultura no suele transgredir la prohibición del quehacer sexual durante ese lapso de espera, y así adquiere el íntimo enlace entre prohibición y la sexualidad.

El varón la infringe en la mayoría de los casos bajo la condición de la degradación del objeto, y por eso retoma esta última en su posterior vida amorosa.

El Tabú de la Virginidad

La exigencia de que la novia no traiga al matrimonio el recuerdo del comercio sexual con otro hombre no es más que la aplicación consecuente del derecho de propiedad exclusiva sobre una mujer; es la esencia de la monogamia: la extensión de ese monopolio hacia el pasado.

Sobre la base de esta vivencia se establece en la mujer un estado de servidumbre que garantiza su ulterior posesión sin sobresaltos y la vuelve capaza de resistir a nuevas impresiones y tentaciones provenientes de extraños
De hecho, esa medida de servidumbre sexual es indispensable para mantener el matrimonio cultural y pone diques a las tendencias polígamas que lo amenazan; en nuestra comunidad social se cuenta con este factor.

En consonancia con ello, la servidumbre es incomparablemente más frecuente e intensa en la mujer que en el varón, aunque en este último es más común en nuestro tiempo que en la antigüedad. Toda vez que hemos podido estudiar la servidumbre sexual en varones, era el resultado de la superación de una impotencia psíquica.

En vez de reservarla para el novio y posterior marido de la muchacha, la costumbre exige que este evite es operación.
En las Filipinas había ciertos hombres s cuya profesión era desflorar novias en caso de que el himen no hubiera sido destruido ya en la niñez por una mujer vieja encargada de ello. En algunas tribus esquimales, la desfloración de la novia se confiaba al sacerdote.

En la desfloración de la muchacha por regla general se derrama sangre; por eso el primer intento de explicación invoca el horror de los primitivos a la sangre, pues la consideran el asiento de la vida.

El primitivo no puede mantener exento de representación sádica el enigmático fenómeno del flujo mensual catamenial. Interpreta la menstruación, sobre todo a la primera, como la mordedura de un animal mitológico, acaso como signo de comercio sexual con ese espíritu.

Los peligrosos que el angustiado cree cernirse sobre él nunca se le pintan tan grandes como en el inicio de la situación peligrosa, y por cierto es ese el único momento en que resulta adecuado al fin protegerse de ellos. No hay duda alguna de que el primer comercio sexual len el matrimonio posee, por su significación, títulos para ser introducido con estas medidas precautorias.

En determinadas ocasiones la sexualidad de los primitivos sobrepasa toda inhibición; pero en las situaciones ordinarias parece más elevado de la cultura. Tan pronto el varón debe emprender algo especial un viaje, una expedición de caza, una incursión guerrera, debe mantenerse apartado de la mujer, y sobre todo del comercio sexual con ella; de otro modo su fuerza quedaría paralizada y se atraería el fracaso. Es cierto que la necesidad sexual irrumpe de continuo a través de esas barreras, pero en muchas tribus hasta las citas de los esposos tienen que producirse fuera de la casa y en secreto.

El varón teme ser debilitado por la mujer, contagiarse de su feminidad y mostrarse luego incompetente. Acaso el efecto adormecedor del coito, resolutorio de tensiones, sea arquetípico respecto de tales temores, y la percepción de la influencia que la mujer consigue sobre el hombre mediante el comercio sexual , la elevada consideración que así obtiene, quizás explique la difusión de esa angustia. Nada de esto ha caducado, sino que perdura entre nosotros.

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